Según el primer principio biológico, el origen de la vida de todos los seres vivos de la tierra, es común.
Esto quiere decir que el ADN está en todas las células vivas de la tierra, sean estas bacterias, vegetales, insectos, animales, incluso el hombre.
Por este principio se puede decir que si se extrae un gen de una planta y se logra introducirlo al núcleo de una célula de otra planta, este se va a expresar como una proteína de la planta de origen. Pero no sólo se puede transferir un gen de una planta a otra, sino que también se puede extraer un gen de una bacteria y se puede transferir a una planta y también se expresará. También se puede sacar un gen de un animal o del hombre y transferirlo a una planta.
Sin embargo, esta manipulación, no siempre son de hecho “transgénicos” ya que muchas veces el gen que se introduce proviene del mismo género.
Desde hace muchos siglos se viene utilizando la similitud familiar con el fin de mejorar la productividad de planta y animales. Cuando se cultivaban plantas o se criaba ganado, se seleccionaban los de mayor tamaño, los más fuertes a enfermedades y a las inclemencias del tiempo, se cruzaban entre sí para tener unos descendientes más fuertes.
Aunque por aquel entonces no sabían que estaban practicando ingeniería genética, aunque fuera de una forma rudimentaria.
Después, en el año 1865, llego Gregor Johann Mendel y sus “Experimentos sobre híbridos de plantas” (Versuche über Pflanzenhybriden), que cambiaria las leyes de la genética.
Luego se tuvo que esperar al desarrollo de la genética y al conocimiento de los mecanismos de la evolución biológica por selección natural para que se practicara una mejora y una selección sistematizada.
Esto se llamó “la Revolución Verde“, en la que los procedimientos eran sistemáticos y se recurría a la tipificación de la variabilidad natural, el uso de la mutación, la recombinación sexual por cruzamiento, la hibridación con especies próximas, y por último la selección de la progenie.
En los años setenta del siglo XX, como consecuencia de esto, se obtuvieron plantas de alta productividad, muy homogéneas, a veces estériles, con claras ventajas desde el punto de vista de la producción y de una agricultura basada en tecnologías modernas y economicistas, con unas características visibles, como frutos más grandes, mayor contenido en sustancias nutritivas, crecimiento más rápido, etc.
Aunque no todo eran ventajas, ya que eran un tipo de cultivos que necesitaban fertilizantes y plaguicidas, y como la tecnología estaba en manos de los países desarrollados, los países del tercer mundo tenían que pagar unos precios muy altos para ver aumentar sus cosechas, a veces de forma muy importante, a los países ricos. Además surgió un nuevo efecto negativo: la erosión genética, es decir, la pérdida de variabilidad genética que se produce en las especies cultivadas de muchos países agrícolamente dependientes al verse desplazadas las variedades autóctonas por las foráneas de alta productividad.
El primer alimento transgénico para el consumo humano directo se comercializó el 18 de mayo de 1994, cuando la Food and Drug Administration (FDA) de Estados Unidos autorizó la comercialización del primer alimento con un gen “extraño”, el tomate “Flavr-Savr”, creado por la empresa californiana Calgene Inc. con la característica de tener una maduración retardada.




